El Partido Popular de Andalucía reclama para sí una interpretación centrista y reformista del andalucismo que incorpora el humanismo, el sentido de la igualdad en la libertad y el pluralismo como constantes aceptadas de identidad históricas de los andaluces. Desde ese fundamento, asume como reto político propio en la primera década del siglo XXI el impulso decidido del progreso real que exige el Estatuto de Autonomía para Andalucía en el marco constitucional y que los sucesivos gobiernos socialistas han sido incapaces de culminar desde 1982. 

El andalucismo es patrimonio de todos los andaluces y ningún partido político o corriente ideológica tiene derecho a arrogarse su representación exclusiva. Este patrimonio común andalucista se enriquece, política y socialmente, con los consensos básicos obtenidos mediante el diálogo democrático y se concreta hoy, políticamente, en las instituciones autonómicas andaluzas creadas al amparo de la Constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía para Andalucía de 1981.

El andalucismo del Partido Popular de Andalucía es, como otras posibles, una interpretación legítima que aporta las ideas y valores del humanismo cristiano, la herencia de la tradición liberal y la fecunda experiencia centrista de la reciente historia democrática de España y de Andalucía con el deseo de contribuir al progreso real de la sociedad andaluza en el marco de la nación española.

Defendemos, por tanto, las señas comunes de identidad andaluza que nos lega nuestra historia pero no las considera derivadas de una supuesta “esencia” intemporal sino abiertas a las aportaciones que el futuro en libertad puede deparar

El andalucismo que defiende el Partido Popular es centrista y reformista. Es centrista porque tiene en cuenta y quiere asumir el proceso político europeo y español de la segunda mitad del siglo XX, distante de todo extremismo o radicalización. Es reformista porque lejos de compartir programas extremistas de uno u otro signo que crispan y dividen a la sociedad sin resolver los problemas, prefiere examinar racionalmente y sin prejuicios los problemas y proponer reformas graduales y equilibradas que permitan su solución dialogada.

La Andalucía del siglo XXI es muy diferente de la Andalucía del siglo XIX en la que se comenzó a desarrollar la primera visión andalucista de nuestra historia. 

Frente a la visión pesimista de nuestra historia, nosotros queremos resaltar que Andalucía no fue sólo la primera potencia agrícola y ganadera de la España de los siglos XVIII y XIX, sino que, además, fue una de las comunidades que con mayor decisión pretendió incorporarse a la revolución industrial que triunfaba en la Europa del Norte.

Baste decir que hacia 1856, Andalucía era la segunda región industrial de España, superada ligeramente por Cataluña, con fuerte presencia en metalurgia, química, alimentación, cerámica, vidrio, cal y textil. Sevilla y Málaga controlaban casi toda la industria. Los curtidos y los barcos fueron para Cádiz y el papel y las artes gráficas estaban radicados en Granada. En una fecha tan temprana como 1831 había ya un alto horno en Marbella y Andalucía, gracias sobre todo a los comerciantes de Cádiz, era hacia 1857 la primera potencia bancaria de España, por encima incluso de Cataluña.

Sin embargo, a finales del siglo XIX, todo este esfuerzo se vino abajo. Los núcleos dirigentes andaluces, los que disponían del poder económico real, prefirieron el inmovilismo a la reforma, optaron por rentismo y agrarismo frente a modernización y a industrialización, apostaron por el egoísmo de unos beneficios seguros antes que por el riesgo de inversiones productivas para su tierra y sus gentes e ignoraron la necesidad de la contribución andaluza en la formación de una conciencia nacional contemporánea y común. 

Nuestros historiadores destacan cinco factores en que se concretó este abandono:

  1. Carencia de condiciones objetivas para el desarrollo, desde infraestructuras de transporte y comunicaciones hasta escolarización y formación profesional.
  2. Despreocupación por un desarrollo tecnológico propio.
  3. Falta de una estructura comercial sólida y de un sistema financiero suficiente.
  4. Inexistencia de un “sentimiento andalucista” legítimo y práctico en un momento en que otras regiones desarrollaban dinámicas nacionalistas y descaradamente proteccionistas atrayendo capitales privados y públicos.
  5. Imposibilidad de un mercado interno andaluz propio, dada la desigualdad radical del reparto de la renta y la ausencia de una clase media poderosa.

A todo esto hay que añadir que la ausencia real de un proyecto plural, común y participativo de España en el que la creación de riqueza, la cohesión social y el equilibrio de sus regiones fuese un objetivo básico no ayudó a Andalucía sino que contribuyó a mantenerla en la dependencia.

De nuevo, Andalucía se encuentra en una encrucijada que puede frustrar de nuevo su aspiración de desarrollo y bienestar. Hemos aumentado nuestro nivel de desarrollo en estos últimos 25 años constitucionales, pero necesitamos hacer más y hacerlo mejor para dar cauce definitivo a nuestras legítimas expectativas. Andalucía puede y debe lograr ser una región en la que la libertad, la creación de riqueza, el bienestar solidario y la cultura la hagan ser una Comunidad destacada en la España común del siglo XXI y en la gran Europa vertebrada y democrática.

Por ello, el Partido Popular considera justificado subrayar la necesidad de un nuevo proyecto andalucista que recoja el impulso aportado por el andalucismo histórico y que exprese las aspiraciones de la nueva mayoría moderada andaluza que desea un cambio político y una alternancia natural, tras veintidós años de gobiernos del PSOE, en el nuevo marco global del siglo XXI.

Muy especialmente, el Partido Popular de Andalucía quiere destacar cuatro elementos esenciales, ya presentes en el andalucismo histórico, que asume y pretende desarrollar en su proyecto reformista por Andalucía:

  • El autogobierno estatutario, en el marco democrático, plural y común de la nación española definido en la Constitución y el Estatuto de Autonomía, marco lejano a toda propuesta de federalismo o autonomismo asimétricos que pretenden ocultar tras la confusión de las palabras un desarrollo discriminatorio entre las diferentes comunidades de España y que Andalucía rechazó con rotundidad desde el origen mismo de su trayectoria autonómica en la época de la transición.
  • La convergencia económica y social de la sociedad andaluza con los niveles de actividad y bienestar a partir de una estrategia simultánea y equilibrada de competitividad y solidaridad de modo que se llegue a equipararse con las sociedades más prósperas de España, Europa y el mundo y que logre, dentro de sí misma, dicha convergencia entre sus comarcas, ciudades y pueblos.
  • La consolidación de una sociedad activa, emprendedora, tolerante y solidaria que anime el más amplio desarrollo democrático y que, al tiempo, controle y limite los excesos burocráticos y dirigistas de cualquier Administración pública.
  • El impulso de la educación y la cultura debe promover tanto la asunción como la elaboración de los conocimientos científicos, técnicos y humanistas como el respeto, la investigación y el reconocimiento de la cultura popular, incorporando a los procesos educativos y culturales las claves de sus señas comunes de identidad de modo que se preserve y enriquezca la manera andaluza de ser españoles y europeos.